Los hijos de las sombras, de Iban Munárriz


Aunque no lo veas, ni lo oigas, ni lo sientas, alguien (o algo) podría estar observándote en este momento, y tal vez nunca te des cuenta. Los personajes de la novela no lo saben; el lector tampoco, pero las páginas del libro le ofrecerán claridad a través de un mundo imaginario lleno de matices de realidad.

Los hijos de las sombras, publicada por primera vez en la Colección Hécula en 2012 tras ganar el XVIII premio José Luis Castillo-Puche, llega ahora a todos los lectores en esta edición actualizada, disponible en papel y en formato electrónico. La novela, de múltiples interpretaciones, es una metáfora de hombres y dioses que fue descrita por el jurado como “una fábula de alejamiento y olvido donde hay lugar para la esperanza, la comprensión y la superación de todos los muros”.

La suerte (o la desgracia) de leer todo lo que cae en tus manos es que, entre tanta morralla alfanumérica, a veces surge una luz, una pequeña obra que te llena los sentidos, que te hace volver a creer en la palabra y su intención de comunicar intensamente lo que nuestro interlocutor pretende. Y esta novela corta lo logra con creces. Es algo cuyo valor que supera ampliamente su precio. Si tenéis un euro, sólo uno, para gastar en un libro, gastadlo en éste, no os vais a arrepentir.

El argumento nos sumerge en una especie de modernización de la parábola de la cueva de Platón. En Gea viven nuestros personajes, anclados en un mundo rural que semeja la Grecia clásica, sin mayor interés que el día a día de su existencia. Pero alguien tiene el conocimiento de los antiguos, alguien es capaz de leer las piedras de la biblioteca: el archivero quiere encontrar todo lo que hay más allá de su reducido mundo. Aunque para ello tenga que renunciar a su amada.

El libro nos muestra una historia ya leída y vista en un gran número de libros y películas: la pequeña reserva aislada del mundo exterior que es controlada y vigilada por la sociedad superior. No es algo nuevo, aunque sí tiene aspectos diferentes que la hacen atractiva en cuanto al desarrollo.

Los personajes, en parte, me resultan con altibajos. Algunos parecen estar perfectamente definidos y cincelados, otros no consigo verlos nítidos, pero tampoco es algo que le haga perder un ápice al conjunto general del texto.

Pero lo brillante del libro, lo que lo hace inmenso, es su palabra, su sentimiento, el terciopelo que que roza tus ojos y que te hace estremecer por completo, es pura poesía en prosa. De esas obras que lees y sus palabras te acarician hasta envolverte sin dar un respiro. Nos hace sentir tan plenos que nos olvidamos de la historia, de los personajes, del  escenario y leemos por el mero deleite que nos suponen sus palabras, las expresiones, las descripciones. Este libro es puro verso, da igual que la historia la conozcamos de antemano o que descubramos su argumento en la última página, todo él es PALABRA.

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