El niño que ya no soy


Hace mucho que no escribo nada sobre el Valencia Club de Fútbol. Probablemente todo el proceso de venta, junto a todo el desánimo que llevaba ya acumulado, no haya sido algo que me animase a escribir absolutamente nada. Para bien o para mal, ese proceso nos iba a llevar a manos de alguien cuyo sentimiento por el club estaría muy alejado de lo que yo puedo sentir en mi mente y en mi corazón. ¿Quién sabe lo que nos deparará el futuro? Nadie, o casi nadie, pero nos queda la esperanza de que el dueño, en este caso el Sr. Peter Lim, haga suyo a nuestro querido VCF y lo sienta en su interior como lo podemos sentir cualquiera de nosotros. Al menos su hija así parece estar sitiéndolo, cosa que me agrada. Un apunte sobre la chica, que una cría de 23 años les esté dando sopa con hondas, en cuanto a márketing y uso de las redes sociales, a tanto lumbreras con estudios es digno de estudio.

El tiempo, los años, han hecho que la ilusión fuera desapareciendo de mi vida, ni interés, ni tan sólo un poco de pasión viendo el fútbol de mi equipo. Pero también es cierto que esta temporada he vuelto a sentir el gusanillo del balonpié. Probablemente la paz que tanto necesitábamos, y la idea de volver a tener un equipo medianamente competitivo, han sido los medios necesarios para ello. Luego, evidentemente, llegan los partidos, el juego, y la euforia y el desencanto van y vienen al compás del viento que sopla, pero eso es el fútbol, al fin y al cabo. Pero esta entrada tampoco va de eso. Esta entrada va de un niño, un niño que, a pesar de los 600 kilómetro largos que separan Valencia de Málaga, siente al Valencia C.F. como un trocito de su ser. Disfruta viendo a su equipo, se enfunda la camiseta como el más preciado de los vestidos, enarbola su bufanda como si su vida le fuese en ello y se le iluminan los ojos como lo que es: un niño que ama a su equipo de fútbol por encima de las adversidades.

Viendo ayer su imagen en televisión debo reconocer que logró hacerme llorar. No por él, por mí, por ver que mi enfado, mi cabreo, es el enfado y el cabreo de quien se siente engañado, de quien antepone su malestar a los colores, al escudo. Pero sobre todo porque vi en él al niño que fui y ya no soy. Soy un adulto sin la ilusión y la alegría de un niño de 8 años cuyo máximo anhelo es ver a su equipo jugando en su tierra, en su ciudad. Una ciudad para la cual él es un paria, él es el que lleva la camiseta del equipo contrario. Un infiltrado que, a pesar de todo lo sufrido y visto en el terreno de juego, en el último minuto se pone en pie, observa el estadio y alza su bufanda al aire. Porque, ante todo, él es el Valencia Club de Fútbol.

Gracias Gonzalo.

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