El niño que ya no soy


Hace mucho que no escribo nada sobre el Valencia Club de Fútbol. Probablemente todo el proceso de venta, junto a todo el desánimo que llevaba ya acumulado, no haya sido algo que me animase a escribir absolutamente nada. Para bien o para mal, ese proceso nos iba a llevar a manos de alguien cuyo sentimiento por el club estaría muy alejado de lo que yo puedo sentir en mi mente y en mi corazón. ¿Quién sabe lo que nos deparará el futuro? Nadie, o casi nadie, pero nos queda la esperanza de que el dueño, en este caso el Sr. Peter Lim, haga suyo a nuestro querido VCF y lo sienta en su interior como lo podemos sentir cualquiera de nosotros. Al menos su hija así parece estar sitiéndolo, cosa que me agrada. Un apunte sobre la chica, que una cría de 23 años les esté dando sopa con hondas, en cuanto a márketing y uso de las redes sociales, a tanto lumbreras con estudios es digno de estudio.

El tiempo, los años, han hecho que la ilusión fuera desapareciendo de mi vida, ni interés, ni tan sólo un poco de pasión viendo el fútbol de mi equipo. Pero también es cierto que esta temporada he vuelto a sentir el gusanillo del balonpié. Probablemente la paz que tanto necesitábamos, y la idea de volver a tener un equipo medianamente competitivo, han sido los medios necesarios para ello. Luego, evidentemente, llegan los partidos, el juego, y la euforia y el desencanto van y vienen al compás del viento que sopla, pero eso es el fútbol, al fin y al cabo. Pero esta entrada tampoco va de eso. Esta entrada va de un niño, un niño que, a pesar de los 600 kilómetro largos que separan Valencia de Málaga, siente al Valencia C.F. como un trocito de su ser. Disfruta viendo a su equipo, se enfunda la camiseta como el más preciado de los vestidos, enarbola su bufanda como si su vida le fuese en ello y se le iluminan los ojos como lo que es: un niño que ama a su equipo de fútbol por encima de las adversidades.

Viendo ayer su imagen en televisión debo reconocer que logró hacerme llorar. No por él, por mí, por ver que mi enfado, mi cabreo, es el enfado y el cabreo de quien se siente engañado, de quien antepone su malestar a los colores, al escudo. Pero sobre todo porque vi en él al niño que fui y ya no soy. Soy un adulto sin la ilusión y la alegría de un niño de 8 años cuyo máximo anhelo es ver a su equipo jugando en su tierra, en su ciudad. Una ciudad para la cual él es un paria, él es el que lleva la camiseta del equipo contrario. Un infiltrado que, a pesar de todo lo sufrido y visto en el terreno de juego, en el último minuto se pone en pie, observa el estadio y alza su bufanda al aire. Porque, ante todo, él es el Valencia Club de Fútbol.

Gracias Gonzalo.

Perdida, David Fincher (2014)


En el mundo del cine actual, es difícil encontrar un director en el que un gran porcentaje de sus películas alcancen un nivel tan alto que tengas ganas de ver cada una de las nuevas obras que va creando. David Fincher es uno de ellos, un tipo que es capaz de hacer Seven (1995), El club de la lucha (1999) o House of cards (serie de TV, 2013) te da la esperanza de ver un film suyo y pensar que no te van a tomar el pelo. Bueno, pues con Perdida, a mi entender, la ha cagado, pero bien.

No es que adaptes una obra literaria, con mayor o menor calidad, y que luego la adaptes de forma fiel o decidas hacer giros o cambios radicales (por ejemplo, El resplandor [Stanley Kubrick, 1980]). No, ese no es el problema, el problema es que lo hagas y te quede una película que no sólo no es creíble, si no que en determinados momentos te provoque la risa tonta, o el descojone total. Porque eso es lo que pasa.

Lo primero, yo no sé que le ven a Ben Affleck, pero un tipo que es capaz de poner la misma cara a lo largo de 2 horas largas de película (y en todas las películas que hace, al más puro estilo Keanu Reeves) no puede hacer una película como esta ni aún dirigiéndola el mismísimo John  Ford (John Wayne aparte, claro). Lo de la actriz acompañante mejor lo dejo estar, porque si Ben Affleck me parece malo, la Pike se merece directamente el paredón.

Lo siguiente es que el guión es ridículo, no por la historia en sí (que podría pasar) sino por la cantidad de minutos estúpidos y escenas gilipollas que daría vergüenza al mismísimo Ridley Scott de Prometheus (2012). ¿Nadie es capaz de limpiarle la sangre a la tía loca esa desde que llega a su casa, en coche, hasta que la devuelven de nuevo a su hogar, desde el hospital, y se ducha con ese simple que tiene por marido? ¿En qué puta cabeza cabe algo así? ¿Para qué coño nos enseña como se pega un martillazo en la cara? ¿No era más fácil darse cuatro o cinco golpes por el cuerpo y no esa escena, con patatús incluido, en un cuarto de baño de hotel de mala muerte? Y siendo tan lista y tan guapa, ¿no hay mejor sitio para esconder el dinero que una roñosa riñonera que va enseñando por todos los sitios por los que pasa? ¿Son los yanquis así de gilipollas o es sólo en las películas? Porque lo del multimillonario locamente enamorado ya me parece el sumum. Que el notas será un lumbreras, pero el tajo en el cuello se lo merece por imbécil y papanatas. Lo que viene a continuación ya ni me planteo criticarlo, ¿para qué? ¿Qué sentido tiene alargar el final durante más de una hora si ya sabes de qué va el asunto y, lo que es peor, sabes cómo va a acabar? Porque esa es otra, con cuatro escenas que hubiese eliminado, el colega tenía un final en plan maquiavelo acojonante: un matrimonio que monta un pitote de la hostia para hacerse millonarios a base de vender exclusivas y demás… Pero no, teníamos que pasar por la vecina preñada que va a tu casa, mea y no tira de la cadena. O tú, que le robas el semen al subhumano de tu marido para quedarte preñada y que el tío se quede tan pancho. Así, con dos cojones y sin vaselina.

De verdad, si este es el nuevo cine de intriga/thriller, por mí le pueden dar mucho por el orto a Hollywood.

El cuaderno rojo, de Paul Auster


La primera novela de Paul Auster fue inspirada por un número equivocado. Un hombre llamó una noche, preguntando por la agencia de detectives Pinkerton. Auster le explicó que se había equivocado. A la noche siguiente, la llamada y la respuesta del novelista se repitieron, pero este, intrigado, comenzó a preguntarse que habría sucedido si hubiera fingido que aquel número correspondía a la agencia de detectives, y el era uno de ellos. Y asi comenzóCiudad de cristal, donde un hombre llamado Quinn recibe la llamada de alguien que quiere hablar con el detective privado Paul Auster. Pero no hace mucho tiempo otro hombre llamó al actual número de teléfono del escritor y preguntó si podía hablar con el señor Quinn. Y no era una broma de un amigo o de un lector. Era una llamada absolutamente en serio, y esta es una historia verdadera, como todo lo que se cuenta en este libro: lo irreal horadando lo real, el novelista ejerciendo de cazador de coincidencias, de traductor de las siempre oscuras revelaciones del azar. Porque Paul Auster, antes de ser escritor, fue traductor, alguien que escribe en una lengua con las palabras de otro. Y Justo Navarro, el traductor de este libro, y autor del prólogo que, a manera de hilo en el laberinto, recorre y muestra la manerade la literatura de Auster, es también un novelista, alguien quetraduce a la lengua de sus fabulas la lengua misteriosa y dolorosa del mundo, alguien que inventa una nueva lengua que suplante la lengua misteriosa y dolorosa del mundo . El cuaderno rojo es, pues, también, la coincidencia de dos escritores que escriben en el idioma del azar, el idioma de la casualidad y las coincidencias, el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino.

Reconozco que he leído este libro porque era cortito y me servía para cubrir el hueco antes de  comenzar la nueva novela de Bruno Nievas. Un libro de apenas 50 páginas y del que no termino de entender la razón de su existencia, salvo el dar consistencia a algo que cualquier lector de Auster ya conoce: su obra es un canto al azar.  Una continua sucesión de acontecimientos desencadenados por un hecho azaroso, algo que se explica también en el prólogo de Justo Navarro
Por lo demás, poco más hay que decir. Auster nos cuenta una serie de acontecimientos (reales o no, ¿quién sabe?) que marcan su camino hacia la escritura en base al llamado “efecto mariposa”, el modo en que cualquier hecho aleatorio, trascendente o no, transforma, en mayor o menor medida, todo aquello que le rodea, creando una cadena de sucesos, en este caso, significativos para el autor.

Kryptos, de Blas Ruiz Grau


KRYPTOS

Vayamos con la primera reseña del año, aunque realmente es de un libro que no existe… de momento. Es el proyecto de un escritor que, casualidades de la vida, conocí un día en una página de piratear libros y al que intenté ayudar con la maquetación de uno de sus libros en formato epub. A partir de ahí, nos seguimos mutuamente en Twitter, donde puedes comentar con él sobre cualquier tema divino y humano (@BlasRGEscritor). Es un tío majo (a pesar de tener obsesión con tener un Mac y empeñarse en desayunar en el McDonald’s), con ganas de salir adelante como escritor y bastante concienciado con la crisis que padecemos.

Un día se le ocurrió la idea de escribir un relato (que pasó a ser novela corta) a partir de las ideas que le diesen sus seguidores por Twitter. Escogió tres, pero como no le parecía honrado sacar pasta de unas ideas que no eran suyas (por raro que parezca en este nuestro país), decidió ponerlo a la venta de forma solidaria apoyando a una ONG, Educo, que trata de servir becas comedor a niños que no tienen ni para una comida decente al día. Un asunto que a mí me pone de los nervios y que a nuestros políticos parece que se la suda bastante. El caso es que fue buscando apoyos y buscó la ayuda, para algunos capítulos, de una serie de escritores de los llamados Generación Kindle: Bruno Nievas (@BrunoNievas), Roberto López-Herrero (@ElExpecial), Gabri Ródenas (@Gabrirodenas) y el autor de la trilogía Versos, Canciones y Trocitos de carne, César Pérez Gellida (@cpgellida). A ellos se ha unido el director de cine Luis Endera (@Luis_Endera) para crear una especie de mini documental sobre el proyecto.

Sé que el libro no es una moñada de esas para actos solidarios sino más bien todo lo contrario, es un thriller de acción, con tiros, sistemas de encriptación,… Pero es lo de menos, lo importante es la razón de ser del proyecto, su intención única: ayudar a que los niños de este país que lo necesiten puedan tener una comida en condiciones al día. Sólo por ello creo que merece la pena darle publicidad al asunto y que la pequeña bola de nieva se convierta en un alud en mayúsculas. Eso es lo importante.

El día 13 de febrero sale a la venta en papel y formato electrónico. No faltéis a la cita 😉

Podéis encontrar más información en el blog de Blas: http://blasruizgrauescritor.blogspot.com.es/2015/01/explicacion-definitiva-sobre-kryptos.html?m=1

PD: Blas, te odiaré toda mi vida por no escoger mi inicio de capítulo XDDD

Sobre gustos musicales


En muchas ocasiones alguien me pregunta por qué no escucho música normal, a lo que suelo responder con otra pregunta: ¿Qué es música normal?. Todos suelen responderme lo mismo: U2, Madonna, Coldplay,… Normalmente me da la risa y me sale la vena borde y termino contestando que me dan arcadas 😀

Realmente escucho música de todo tipo, no tengo fijación por escuchar un estilo musical de forma compulsiva y no me considero  un ultra de ningún grupo o artista. Escucho música clásica, flamenco, me encanta Gardel, adoro a Leonard Cohen, sigo flipando con Bowie, The Clash o los Rolling Stones (nunca fui muy de los Beatles),  a veces oigo música celta, japonesa, me gusta el rock’n’roll, adoro el heavy y hard metal, en ocasiones escucho rap, reagge, últimamente me hice asiduo al gothic, y soy un fanático acérrimo del folk-metal, industrial,… y, cuando me da la vena, me pongo Camilo Sesto. Sólo hay dos tipos de música que no suelo oír nunca: la salsa y el pop pastelero. Podríamos decir que soy ecléctico y me gusta de todo.

Sí es cierto que en los últimos años me he alejado bastante de lo que llamaríamos mainstream y me he ido a grupos y músicas minoritarias que me atraen mucho más, y que han conseguido que no eche de menos a los grandes artistas y sus discos de relleno. Me explico, de algunos artistas tengo todos o casi todos sus lanzamientos, sin embargo sólo suelo oír sus discos viejos. Los nuevos me parecen una tomadura de pelo y una falta de respeto hacia los fans, esos capaces de hacer cola en una tienda para ser los primeros en comprar el nuevo CD (entre los que me incluía). Voy a poner algunos ejemplos, aunque sé que alguno se va a mosquear bastante conmigo :P.

BRUCE SPRINGSTEEN: Tengo casi todos sus discos, incluso alguno comprado en Nueva York en mi viaje de bodas (tuve a mi mujer metida en el Virgin de Times Square una noche hasta las doce porque era la hora en que se ponía a la venta el Devils and Dust). He oído sus discos miles de veces… Pero, tras el We shall overcome, todo lo que ha sacado posteriormente me resultan anodino, sin la fuerza de antaño (salvo una o dos canciones) y muy alejados de la calidad de discos anteriores. Sé que habrá gente que estos discos le gustarán, y sería lo lógico, pero a mí no me dicen absolutamente nada. Y aquí entra el casi que puse al principio de este párrafo: el High Hopes lo ecuché en Spotify (pedazo de invento) antes de comprarlo… Y al final no lo compré, me niego a semejante aberración.

U2: Con el grupo irlandés se da esa paradoja en la que un fan acérrimo se convierte en en su más encorajinado opositor. U2 era una de las bandas punteras del Post-punk de los 70-80. Eran los ídolos de un montón de adolescentes (y no tanto) que hacían de sus canciones auténticas banderas reivindicativas. Eran puro rock. Hasta que sacaron aquella cosa rara llamada Achtung baby, a Bono le dio por ir de diva de no se sabe muy bien qué, a The Edge lo adornaron con armonías de cochecitos de choque, y el mundo se amariconó a su alrededor (que nadie se lo tome como ofensa, es una simple frase hecha). Lo de después fue pura broma pesada. Y así hasta hoy.

JOAQUÍN SABINA: Si hay un artista español al que admiro ese es el poeta de Úbeda. Empecé a oirlo a partir de sus actuaciones en aquel grandioso  programa de Fernando García Tola: Si yo fuera presidente. Yo tendría 13 o 14 años, tenía un gusto musical del que hoy día podría avergonzarme, y sin embargo aquel fulano me enganchó cosa mala. Ya en el instituto, algunos de mis amigos también eran fans de Joaquín y, entre todos, conseguimos hacernos con toda su discografía intercambiando cintas de cassette. Y así hasta hoy. Bueno, hasta hoy no, más bien hasta 19 días y 500 noches. No creo que lo que vino después no es en absoluto malo (el nivel de 19 días es difícil de volver a conseguir), pero  ciertas canciones me parecen insufribles, sobre todo porque a mí de Serrat me gustan cuatro canciones. Y para oír a Serrat, pues oigo a Serrat.

Podría repartir más leña, mucha más, pero tampoco es cuestión de buscarme más enemigos de los estrictamente necesarios. Como dije antes, suelo revisitarlos de vez en cuando, aunque mi iPod últimamente sólo está lleno de música y grupos raros, de esos que no conoce ni dios: Aspencat, Zoo, In Extremo, Lacrimosa, Sopor Aeternus, Doctor Deseo, 9 lágrimas, Handsome Family (los de la cabecera de True Detective), Trastorna2 (con estos tengo una historia curiosa que contar) y un largo listado de grupos que no deben conocer ni en su casa pero que creo que son los que realmente mantienen las raíces de lo que es la música real, y no lo que sale del cubo de prefabricados en que se han convertido las grandes discográficas.

Larga vida al rock’n’roll… y al resto de estilos 😉

La verdad sobre el caso Harry Quebert – Joël Dicker


La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker, es una novela de suspense a tres tiempos -1975, 1998 y 2008- acerca del asesinato de una joven de quince años en la pequeña ciudad de Aurora, en New Hampshire. Quién mató a Nola Kellergan es la gran incógnita a desvelar en esta incomparable historia policiaca de la narrativa extranjera, cuya experiencia de lectura escapa a cualquier intento de descripción. El mayor fenómeno editorial de los últimos años: un joven suizo de 27 años con un thriller monumental, literariamente adictivo. La novela ha ganado el Premio Goncourt des Lycéens, Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa. Joël Dicker nació en Suiza en 1985. Su primera novela, Los últimos días de nuestros padres, resultó ganadora en 2010 del Premio de los Escritores Ginebrinos. La verdad sobre el caso Harry Quebert, descrita como un cruce de Larsson, Nabokov y Philip Roth, ha recibido el favor del público y de la crítica más exigente. Su traducción a treinta y tres idiomas la confirma como el próximo fenómeno literario global. En 2008, Marcus Goldman, un joven escritor, visita a su mentor -Harry Quebert, autor de una aclamada novela- y descubre que éste tuvo una relación secreta con Nola Kellergan. Poco después, Harry es arrestado y acusado de asesinato al encontrarse el cadáver de Nola enterrado en su jardín. Marcus comienza a investigar y a escribir un libro sobre el caso. Mientras busca demostrar la inocencia de Harry, una trama de secretos sale a la luz. La verdad sólo llega al final de un largo, intrincado y apasionante recorrido.

Existe un refrán en español que dice “Más vale caer en gracia que ser gracioso”, algo que es aplicable y que podemos ver en muchos aspectos de la vida y que, por supuesto, también sucede en el mundo de la literatura. No sé muy bien por qué, pero hay libros que sin ser nada del otro mundo acaban convirtiéndose en el éxito editorial del mes, del año o de la década. El caso que nos ocupa es uno de ellos. Además el autor puede presumir de haberse llevado innumerables premios y ha sido traducido a innumerables idiomas. OK, hasta aquí no tengo nada que argumentar, el fenómeno Cincuentas sombras de Grey ha pasado por un proceso similar y no deja de parecerme una mierda pinchada en un palo. Para gustos colores.

Debo de decir que el libro se lee bien, es de lectura ágil, los continuos acontecimientos te hacen querer leer más y más y, además, el autor consigue hacer interactuar a tantos personajes que la obra se lee en un plis plas. Ante esto, poco que oponer. Pero claro te pones a intentar analizar el argumento y la cosa se te escapa entre las manos de forma irremediable sin entender muy bien qué cojones está pasando. Y eso es algo que viene dado por culpa del propio autor.

Cualquier lector de novela policíaca sabe que en este tipo de obras hay giros argumentales que hacen recaer las sospechas del lector en diferentes personajes a lo largo del texto, es algo inherente al género. La clave está en que el autor debe hacerlo de forma sutil, coherente y sin convertir su novela en un caos. Y eso es lo que no consigue Dicker, da tantos giros, tantos cambios bruscos a los acontecimientos narrados, que el lector acaba por aburrirse y desear que se acabe el libro de una puta vez, completamente agotado. Es imposible llevar un conteo exhaustivo de todos los cambios argumentales, giros, esquinazos y trampas que hace el autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert. Es como una montaña rusa de dimensiones gigantescas. Y este es uno de los argumentos para pensar que la novela es una enorme sátira. Una sátira que intenta burlarse del mundo editorial, que intenta reclamar la independencia del escritor sobre todo lo que rodea a la literatura actual y que nos muestra una realidad llena de farsas y espejismos a todos los niveles: jurídicos, periodísticos, personales,…

Si tuviese que resumir el libro lo haría diciendo que es una conjunción de ideas sacadas de la Lolita de Nabokov , el Twin Peaks de David Lynch, la Psicosis de Bloch (o de Hitchcock, lo dejo al gusto de cada cual) y el Asesinato en el Orient Express de la señora Christie. Lo aderezamos todo con un cierto toque esperpéntico y tenemos el libro de marras. Y así, con esta mezcolanza de ideas, junto a una serie de consejos sobre como escribir libros, vamos avanzando en una historia de amor entre un adulto y una adolescente que nunca llegamos a saber si se consuma (hablamos de sexo) y en la que nada es lo que parece ser. Pero si tengo que destacar un aspecto negativo de la historia es que existen ciertos pasajes que no sé qué cojones pintan en el libro. No entiendo qué necesidad hay de meter al psiquiatra por en medio, igual que no entiendo cual es la necesidad de los diálogos estúpidos entre el protagonista y su madre, ni las constantes reiteraciones en algunos pasajes, salvo que, como dije antes, todo sea una sátira de dimensiones descomunales. Es cierto, que el libro entretiene, pero se hace incomprensible que se le intente dar una calidad que, para mí, no tiene ni de lejos. Porque como libro serio resulta un sinsentido absoluto: los personajes son irritantes (lo de Nola lo dejé por imposible a mitad de libro), por no decir que algunos parecen recién salidos del Cottolengo, los textos de la teórica gran novela “Los orígenes del mal” parecen sacados de la saga Crepúsculo, muchas de las situaciones parecen excesivamente forzadas y otras son, simplemente, absurdas. Y eso sin contar los continuos flashbacks que el autor va introduciendo en la narración para situarnos en cuatro o cinco temporalidades diferentes (aunque la sinopsis diga que son tres, no es cierto), y que no hacen más que ir mareando al ya de por sí descolocado lector.

Reincidiendo en lo de antes, si nos tomamos el libro como algo humorístico, probablemente tenga su gracia. Si nos lo tomamos como una novela policíaca, más de uno se va a sentir muy defraudado.

Ciencia ficción del área soviética


Supongo que la gran mayoría de vosotros conoce a los Asimov, Clarke, Bradbury, LeGuin,… Si sois aficionados a la Ciencia Ficción estoy convencido que los tendréis en mente prácticamente siempre que comentéis con alguien sobre dicha temática. Todos ellos pertenecen a la denominada parte occidental de la CI-FI, pero también existía CI-FI al otro lado de lo que se llamó el telón de acero, el lado este de Europa, principalmente, y que también creó grandes obras de Ciencia ficción y que para el gran público no son tan conocidas, salvo contadas excepciones.

A mi entender, la Ciencia Ficción de la llamada zona de influencia soviética se diferencia de la occidental por tratarse de algo mucho más intimista, con una búsqueda del entendimiento de lo extraño o maravilloso y sin un uso tan amplio de la confrontación.

Las primeras incursiones tras la Revolución soviética las encontramos en Aleksej Tolstoj (Aelita, y La hipérbola del ingeniero Garin) y en Valentin Kataev (Tiempo adelante) o en Mikhail Bulgakov (Los huevos malditos, una especie de Jurasic Park soviético). Son unos primeros inicios que muestran un apego a las ideas de libertad de la propia Revolución. Pero el gran exponente de esta primera época es si duda Alexandr Beliayev, autor de una cuarenta novelas y más de cien relatos, su obra está catalogado como verniano, por la similitud que su obra presenta con la de Jules Verne. La estrella Ketz  y Ariel son, probablemente, sus obras más conocidas.

Eso sí, si buscamos una obra maestra, como tal, en estos albores de la Ciencia Ficción soviética, el principal aspirante a lograrlo probablemente sea: El generador milagroso, de Jurij Dolguzin. En la obra  se trata el tema de la telepatía y de la resurrección de los muertos. El caso es que el autor sólo escribió un relato más de Ciencia Ficción (El secreto de la invisibilidad), una auténtica pena. Aunque yo añadiría esa obra precursora del 1984 de Orwell: Nosotros, de Yevgueni Zamiatin.

Ya más adentrados en el siglo XX es cuando nos encontramos con los grandes autores del género. El paleontólogo Ivan Efremov y su trilogía: Naves de estrellas, La nebulosa de Andrómeda y El corazón de la serpiente. El creador de problemas ajedrecísticos Alexandr Kazancev, cuya obra plantea problemas en su trama tan complejos como los de sus ejercicios sobre el tablero: La isla en llamas o El puente en el ÁrticoSergei Martinov y su trilogía Navegantes de las estrellas. O Grigorij Gurievitch con El hombre cohete.

Pero los más grandes, y probablemente más conocidos en Occidente, son los hermanos Boris y Arkadi Strugatski y el polaco Stanislaw Lem. De los primeros destaca una obra principalmente: Picnic junto al camino (o Picnic extraterrestre). En ella se narra como, tras una visita a nuestro planeta, unos extraterrestres abandonan una serie de objetos en determinadas zonas. Sobre esta obra, Andrei Tarkovski creó una obra maestra que, aunque muy diferente al libro, nos narra las vicisitudes de uno de los guías en estas zonas prohibidas: STALKER (Cталкер, 1979). [Versión original con subtítulos en castellano: http://legalmentegratis.com.ar/la-zona/]

Por otra parte tenemos a Lem, autor prolífico como pocos y cuya obra trata, de una forma general, sobre el contacto entre los humanos y los seres extraterrestres y la cibernética. Sus principales obras son: Ciberiada, Diarios de las estrellas, La fiebre del heno, La investigación, los Relatos del piloto Prix, La voz de su amo y la grandiosa Solaris. De esta última hizo Tarkovski una magnífica versión cinematográfica (Solaris, 1972) que logró el Gran Premio del Jurado de Cannes. [Versión original con subtítulos en castellano: http://legalmentegratis.com.ar/solaris/